Me tomé un sabático extendido para bajar el ruido, respirar y volver a mirar el mundo con otros ojos. Pero hay momentos en que el silencio se vuelve complicidad, y esta situación ya no se puede seguir ignorando. Me preocupa —de verdad— el costo humanitario mundial que cada semana parece agrandarse: familias desplazadas, ciudades rotas, vidas reducidas a cifras y titulares. Y, aunque estemos lejos de los frentes, esas guerras terminan encontrándonos por donde más duele: la mesa y el bolsillo.
Por eso frustra tanto la repetición: conflictos que parecen lejanos, un mercado nervioso y, como reloj, el ajuste llega acá con la misma puntualidad con la que uno tiene que marcar tarjeta. Suben los combustibles y se encarece el transporte que nos lleva al trabajo, la logística que mueve los alimentos, y la energía que sostiene negocios y hogares. No es una discusión abstracta de geopolítica: es la ruta del taxi que se vuelve más cara, el bus que recorta vueltas, la moto que ya no rinde, el flete que el comerciante termina trasladando al cliente.
Y duele más porque Panamá presume —con razón— de ser un centro logístico. Pero, en lo esencial, seguimos expuestos: no hemos construido una verdadera reserva estratégica de combustibles ni una planificación energética que amortigüe estos golpes. Cada crisis externa nos encuentra igual: comprando caro, reaccionando tarde y pidiéndole al bolsillo de la gente común que aguante. Porque el combustible no solo mueve carros. Está detrás de fertilizantes, empaques, distribución en frío, maquinaria, generación eléctrica en ciertos puntos, y hasta de los insumos que llegan por barco o por carretera. Cuando el petróleo se encarece, el golpe se reparte en silencio por la cadena: el productor calcula, el transportista ajusta, el pequeño negocio recorta, y al final la familia paga más por lo mismo —o compra menos—. Y mientras tanto, la conversación pública suele reducirlo a “subió tantos centavos el litro”, como si la vida cupiera en una tabla.
Necesitamos, de una vez, un acuerdo país: políticas que equilibren lo industrial y lo ecológico sin caer en improvisaciones. Eso implica planificar reservas y seguridad de suministro, diversificar la matriz energética, mejorar el transporte público para que el costo del petróleo no sea una condena diaria, y acelerar una transición ordenada que reduzca nuestra dependencia. Pero también implica otra cosa: no convertir esta crisis en una tribuna para escoger villanos a la distancia. En vez de tomar partida criticando a cualquiera de los actores, Panamá debería sentarse a conversar con los países que no están involucrados en esos conflictos y, aun así, están siendo golpeados por sus consecuencias. Si el impacto se globalizó, la respuesta también puede hacerlo: un frente de países afectados que empuje medidas de estabilidad, cooperación energética y protección a los consumidores ante amenazas que no nacen en nuestros barrios, pero sí terminan cobrándonos en la bomba.
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